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3 jul. 2015

Resaca


  Ya te has ido y todavía estoy volando, amor.
Nunca un abrazo y un silencio fueron tanto. 
Déjame llorar y sécame y víveme,
sólo un primer plato y ya te estoy llamando amor.

  Quiero odiarte y no echarte de menos.
Te quiero, pero que te ocurra lo contrario.
Nos prometimos la luna y la vida
y por dejarlo en eso estamos solos.

  Diez mil maneras de pensarte y la peor es si te pienso.
Me sobra mano, me sobra cama, me sobra tiempo.
Probemos suerte conociendo mi ludopatía.
La logopedia no me ayuda a pronunciarnos. 

  Te escribo cada noche pero "no te necesito"
Me corto cuando hablamos por si me quedo desnudo.
Os gusta valorar a todos y sólo yo me sé,
pero no tengo huevos a sentarme y descubrir por qué te escribo.

  Recuérdame por qué hemos parado. 
Por qué dejas el corazón en casa cuando nos vemos. 
Somos de roce, de que nunca pases frío.
Apoya la cabeza y que se me duerma el brazo.



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  Muchas gracias por vuestro tiempo.




22 ene. 2015

De nuevo


  Me he obligado a enamorarme y me he estrellado sin cinturón de seguridad. 
He sobreactuado cada beso y ya te quiero.
Es que no aprendo y ya busco la boda y tus invitados.
Me han confundido tus mordiscos y no mejoraré en tres días.



Cómo
cierras los ojos
me arañas
ahora 
no estás segura.



  Es que no aprendo, y ya nos veo en pleno vaivén.
Siempre escribo por las noches porque me sobra el tiempo que te guardo.
Joder, que te he quitado el pelo de la cara para besarte mejor.
Qué agobio me da lo que no sientes.


No me gustas.
No
me
gustas.

Pero no duermo por escribirte.



    "Estás muy guapa"
    "No sabes las ganas que tenía"


  Y me sorprende que no sucumbas
trabajándote menos que a los versos que te describen.
Y vosotros y vuestras fantasías de lo espontáneo y natural, a las redes sociales,
que me he esforzado por enamorarme y no vais a frenar mi azúcar.



Me
iba
a ir
Y
has repetido.

Pero no sabes.



 
 Estoy bostezando, te voy a echar, y no te voy a repetir.
Me han nominado a actor y guión original por nuestras despedidas 
y voy a rechazar todo.
 No voy a repetir.



No
te voy
a
repetir.




  Qué putada.




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  Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.



20 abr. 2014

Hablemos



  Tengo tanto que decirte que tengo miedo de decir de más;
Tengo tanto miedo de decir de más que sólo hablo;
Sólo hablo y solo hablo.
Y hablo, cuando lo que realmente quiero es verte.

  Tengo miedo de tener tanto que decirte que no lo entiendas.
De tener tanto que decirte que se me olvide.
De tener tantos miedos que no te sienta;
De tener tanto que olvidar que sólo mienta.

  Tengo miedo de esta droga,
de que acabe y tenga miedo.
Tengo miedo de quererte.
Tengo miedo de quererte.

   Tengo, tengo y tengo.
Nada, yo; todo, tú.
Nada tengo en vida
si todo mi todo es tuyo.

  Suspéndeme con mi aprobación.
Araña y mantén vivo a quien no puede;
A quien no puede vivir sin ser más tuyo que tus labios;
Que tus labios no me suelten y el suspenso sea muerte.

  No quiero separarme y coger aire para seguir;
No quiero tener miedo a no escribir para no encontrarme;
No tengo ganas de querer al aire, 
no tengo ganas de quererte, aire.
Tengo ganas de querer tenerte.



  Sólo hablo, solo hablo.
Hablo, cuando sólo quiero verte.



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  Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.



12 dic. 2013

Capítulo Tres


   El desprendimiento se había producido en el sudeste de mi ojo derecho, y debía mantener la cabeza girada hacia ese mismo lado para que la lesión no afectase a la mácula y me propiciase pérdida de visión. Volví a casa en esa postura y así me mantuve durante el día y medio previo a la operación. 

   Lo más fácil en ese momento hubiese sido quedarme quieto y escuchar algo de música que no hiciese parar la cascada de dolor que sentía en la garganta, pero el instinto fue el contrario, con el mismo resultado. Sonó el disco de Frank Sinatra and friends y me limité a no escuchar las baladas. 

   No me fue posible mantener la compostura sintiendo el dolor huir por cada poro. El sonido de mi llanto y mis suspiros no eran para nada elevados, pero resonaban con tanta fuerza en mí que tuve que esconderme para restarles el protagonismo que le quitaban a Frank & Barbraque de todos modos, no estaban cumpliendo la función que esperaba. Me tapé la cara con el gorro para hacerme pequeño e imaginar que me quedaba quieto en un presente que había desaparecido desde que entré en la consulta. Todo pasaría, todo dependería, todos querrían, todo podría, todo sería, etc, pero en ningún momento se había pensado en que yo estaba, yo sentía y yo no había podido parar a comprender mi nueva vida.

   Paré de llorar antes de llegar a mi ascensor. Era un ascensor antiguo, con dos puertas de cristal con marcos de madera y una verja exterior a modo de puerta en cada piso. Nada más montarme en él gran parte de mi preocupación se centró en que al llegar al cuarto piso no me recibiese ningún vecino que por casualidad se propusiese bajar la basura, pero que al verme con la cara roja y tan bajo ánimo se parase preocupado a interesarse por mi; yo tendría el dilema de decirle qué me ocurría o simplemente saludar y seguir caminando, pero en ambas opciones dependía de que mi padre decidiese colaborar en mi coartada, y no podía arriesgarme a que no colaborase y se dirigiese a él con un acabamos de volver de Urgencias, tiene un desprendimiento de retina, y yo tuviese de nuevo el dilema de si comparecer ante ese vecino en pijama con la bolsa de basura goteando, ansioso por saber más de los problemas del resto para sentir que sus problemas eran menores y aliviar su espíritu por una noche, o seguir caminando y esperar en la puerta a que mi padre llegase con la llave y se le ocurriera hacer algún comentario sobre lo bien que saldría todo y sobre el poco problema que debía tener en naturalizar las cosas. No podía arriesgarme a que mi padre no siguiese mi coartada, por lo que me vería obligado a explicar mi problema y mi situación a un apenas conocido antes que a mis familiares.

   Mantuve esta preocupación durante los veinticinco segundos que duró el viaje para llegar a un cuarto piso con la luz del rellano apagada y sin ningún vecino que esperase aliviar su espíritu.

   Una vez llegamos a casa, mi padre pasó primero para hablar con mi madre. Hacía algunos minutos que no hablaba con él y esa situación no varió una vez en casa. No había tensión alguna, pero se había esforzado inútilmente en intercambiar palabras durante la vuelta a casa y el resultado no había sido positivo. Seguramente no esperase una conversación de más de dos intervenciones por persona, pero si hubiese esperado más, mi sollozo como única respuesta le habría decepcionado.

    El piso era un nido bastante grande para estar en Madrid y no ser millonarios. Nos mudamos de una casa en las afueras hará unos diez años, y desde los primeros días asimilé el espacio como un hogar y no como un lugar de paso. Dos pasillos y una habitación y salón grandes le daban a la casa una forma de U inversa, dejando la puerta de entrada a un extremo, y mi cama, el lugar que mejor absorbería mis lágrimas, en la otra.
   Tras el primer pasillo, donde pasé al menos un minuto despojándome de abrigo, gorro y bufanda escuchando de fondo el íntimo interrogatorio
 de mi madre a mi padre sobre la operación, un gran salón con un piano de cola contrastaba con el pasillo. Las paredes de éste, en un amarillo nada agresivo, a medio camino del amarillo oro viejo, daban calidez y mejoraban el atractivo de la gente, y aunque no solíamos tener muchas visitas, las que venían creaban indirectamente una atmósfera mucho más agradable que si unos fluorescentes blancos hubiesen iluminado el salón.

   El piano estaba presidido por un póster impreso en lienzo de Glenn Gould (pianista del siglo XX y uno de los referentes más importantes de mi vida) colocado de manera que fuese facilmente localizable desde la banqueta del piano.
  Glenn Gould era una persona extremadamente importante para mí y había estado presente en casi todos los momentos musicales y filosóficos de mi vida, y me extraña mucho que en ningún momento recurriese a él o a su figura durante el posoperatorio. 
  
   Me encontré con mi madre en el salón.
   Hola, me dijo mientras sonreía tímidamente, buscando una cara que pudiese darme tranquilidad o que quitase algo de tensión al hecho de que no volvería a vivir durante los próximos veinte días, ¿cómo estás?

   Fue un encuentro rápido, y agradezco no haberme visto obligado a parar una vez que había tenido el valor de salir del pasillo y recorrer la casa. Había dejado de llorar, pero la sensación que tenía no había cambiado en absoluto y mantenerme en pie suponía un esfuerzo demasiado grande para lo que podía lidiar.
   Mi respuesta fue un pues bueno o algo por el estilo. Si en algún momento alguien me había dado el calificativo de elocuente se vió obligado a requisármelo durante el tiempo que pasé convaleciente.
   Tras mi demostración de cualidades me dejó seguir despidiéndose con un beso, o me tocó el hombro o simplemente no pasó nada.

  Como suponía, mi hermana estaba haciendo los deberes en el cuarto. No se apartó de la mesa al verme, sólo giró la cabeza y me dijo lo mismo que me había dicho mi madre en el salón, pero yo estaba apoyado en mi cama y la situación me rebasó. Tuve que darle la espalda y cerrar los ojos para aguantar y no desahogar mi llanto contra el edredón.

   Bueno, me tienen que operar. 

   No pude decir más. Cinco palabras, apenas dos de ellas audibles, que escaparon de mi garganta mientras lloraba y buscaba aire limpio que poder beber. Mi cabeza y mi pecho estaban sometiéndose a una presión demasiado grande, y cuando más relevancia tenía aguantar el dolor, todo lo que no había expulsado durante la noche llegó al límite. Mi pecho temblaba por el esfuerzo y el aire que conseguía tomar valía mucho menos que de costumbre. El agobio de una máscara de lana envolviendo mi cara y la impotencia del cuerpo en el mar frente a la resaca. Todo era demasiado para mí.

   No llegué a perder el conocimiento. Fui lo suficientemente egoísta como para desconectar del dolor en el momento que noté el esfuerzo que hacía intentando mantener los ojos cerrados. 

   Mi cuerpo había explotado. Explotó, alejando así de mí todo lo que me había matado, todo lo que me daba la vida.




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Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.




9 dic. 2013

Capítulo Dos


  
  La operación transcurrió sin problemas. Algo más de tres horas y media en el hospital, dos de ellas de operación. A pesar de mantenerme despierto durante todo el procedimiento, no recuerdo nada con claridad.

  En mis contados momentos de lucidez medía el tiempo que pasaba cantando interiormente el primer movimiento del Concierto 3 de Beethoven para piano y orquesta, aproximadamente 17 minutos. Aunque rara vez llegase a concluirlo, estar atado a la necesidad de seguir el tempo me daba la seguridad de que me mantenía vivo.

  Me aplicaron anestesia general antes de la operación para poder así anestesiarme el ojo derecho, para ello debían pincharme en el nervio óptico, y por lo que decían, no parece muy agradable. Me pusieron la anestesia en la vía del brazo izquierdo; éste empezó a enfriarse y me quejé de ello en cuanto me preguntaron sobre cómo estaba. No recuerdo más.

  Me desperté en una silla de ruedas entrando a quirófano. Me incorporaron y me sentaron en otra silla que, tras varios ruidos, cedió y se retorció hasta quedar paralela al suelo conmigo encima. Pocos segundos después, la misma enfermera que manipuló la silla me dijo que le sonaba de algo, que sabía quién era. Obviamente, fue la vez que menos atención presté a algo en mi vida. 
Puede que el momento de la enfermera fuese una alucinación.

  Todo lo que recuerdo es una larga tela azul, frío, un si bemol constante producido por el láser que me operaba y un comentario que les hice durante la operación: si me ponéis gorro en la cabeza, ¿por qué no me ponéis uno en la barba?


     . . .



  Me incorporé del suelo donde había pasado los dos últimos minutos. Me levanté con dificultades y me dejé llevar por donde la vida me quiso llevar. Las luces de la calle y de los coches se habían difuminado y perdido nitidez, y a cada paso que daba me quedaba más claro que la dilatación de mis pupilas no me iba a ayudar a recuperar la normalidad. Además, mis pasos eran torpes y desacompasados, probablemente las lágrimas y el frío hicieran de sedante natural, y no se hacía fácil mantener un postura estable con estos factores en contra. 

  Me moría de frío. No es que fuese un  frío inaguantable, al menos no lo habría sido si no me arrastrasen los pies, a penas pudiera respirar por la congestión y me sintiese tan débil. Era muy debil y no lo escondía.

  No viví el viaje a casa plenamente. Me movía cegado por la desesperación, y durante ese tiempo, a excepción de una sensación que no he podido asimilar hasta doce días después, me cuesta hilar lo que pasaba y acordarme de cómo me sentía. Ésta sensación ha sido la más potente que nunca he vivido. En el tiempo que transcurrió desde que me levanté hasta que llegue a casa, era completamente invencible.

Y esto es real.


  Ese martes a las nueve de la noche pasó algo. Algo pasó en la tierra, en el universo, no lo sé, pero ese chico que lloraba, tiritaba, y a penas tenía fuerzas para respirar, había tenido suficiente por un martes a las nueve de la noche.

  Yo era muy debil, mi cuerpo era muy débil y mi mente aún mas, pero no me podía pasar nada. Yo sabía, es más, estaba convencido de que si decidía pararme en medio de la carretera, de que si yo decidía quedarme quieto en medio de esa carretera de cuatro carriles y dos sentidos repleta de coches, no podía pasarme nada.

  Aún hoy, trece días después de aquel martes puedo verme pulsando el boton del semáforo, llorando con la cabeza baja, con el cuerpo retorcido y tiritando, pero con la seguridad plena de que nada podía pasarme. De que nada podría hacerme daño.




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Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.



7 dic. 2013

Capítulo Uno



  El pasado jueves 28 me operaron de un desprendimiento de retina que sufrí en el ojo derecho. Esta operación me mantendría en reposo absoluto, y me mantiene, durante algo más de dos semanas.





                            Capítulo Uno



  Muchas veces he intentado imaginar la reacción y los sentimientos que me asaltarían al recibir una mala noticia. A parte de ser una estupidez, es una pérdida de tiempo intentar prever algo que está tan lejos de los límites y de las capacidades del cerebro, o quizás del corazón. Por supuesto, mis conjeturas para nada se acercaron a lo que me pasó realmente. 

  Yo no sentía dolor ni molestia alguna y el desprendimiento no me impedía realizar vida normal, quizás por eso, y porque era lo último que esperaba oír, la noticia me aplicó un tranquilizante en cada milímetro de mi cuerpo, dejándome sentado en la silla elegida por la doctora sin variar ni un ápice mi espíritu. No fue para nada un shock, respiraba tranquilo, miraba tranquilo y mi actitud seguía en la misma linea de reposo que tenía durante el viaje al hospital. Es más, estoy seguro de que cualquiera que no hubiese oído la conversación no habría tenido ninguna posibilidad de averiguar qué ocurría en la consulta.

  Me vi más sorprendido de mi tranquilidad que de la propia noticia. Incluso cuando me dijeron que estaba cerca de la ceguera en el ojo, soporté con, no sé si madurez o inconsciencia, la noticia.

  El punto de inflexión vino cuando abandoné mi reposo para preguntar por el posoperatorio que tendría que aguantar, o sufrir. El resultado no me resultaba para nada agradable. Debía guardar más de dos semanas de reposo absoluto bocabajo.
Si no recuerdo mal, durante la operación me sustituirían el vítreo poniendo en su lugar algo así como una "gota de gas" que fijaría mi retina, de ahí el posoperatorio bocabajo, facilitando la labor del gas.

  En el momento que recibí la noticia no pensé ni en la operación ni en el posoperatorio per se, sino en todo lo que ello suponía. La noticia fue un cubo de aplastante realidad que me hizo darme un poco más de cuenta sobre lo que estaba pasando. Esa misma semana tenía un concierto para el Gobierno de la Comunidad de Madrid por haber ganado el Premio Extraordinario de música, el primer concierto (entradas agotadas) de mi banda, y dos conciertos más en el conservatorio. Era la semana del año, y la ilusión que coseché durante el mismo apenas me permitía ver más allá de esa semana.


  Sentí sed, quizás aviso del cuerpo para contrarrestar la pérdida de líquidos que sufriría veinte segundos más tarde.

  Bebí y aguanté el llanto mientras me citaban para la operación. Aguanté más de lo imprescindible, que era cero. Al salir del hospital me senté frente a una marquesina de autobús, me derrumbé y me concedí todo el tiempo que necesité para sentirme pequeño, saborear las lágrimas, y abandonar mi cuerpo para verme desde fuera: sentado en el suelo, utilizando un murete de ladrillos como respaldo, sin tener el mínimo reparo en llorar y sentir el frío.




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Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.





3 oct. 2013

Te echaré de menos tanto como mereces




   No hay mayor mentira que decir que no te quiero.

No hay peor remedio que escribirte porque no estás.

Hoy vuelvo a ser el resto magullado por sentir.

Por querer vivir de más hoy vuelvo a decir te quiero.



   Hoy agria mi sonrisa,malascostumbrada a vivir por ti. 

Mañana prenda de luto para que observen y me castigue.

Mañana por mi mente luciendo tu mejor vestido.

Mi latido será el lastre de esta procesión por ti.



               ...



   Rezagado el débil pierde. 

Sin aire el velero muere.

¿Por qué huele tu mirada a pólvora?

Si no hay aire me siento débil.




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   Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.




19 jun. 2013

Tiempo muerto



 En memoria de Mª Ángeles, Luis, Emilio y Guadalupe.



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  Excesiva luz para este llanto.
Demasiado dolor para estos ojos.
Sobran asientos en mi función. 
¿Dónde estáis y por qué todo?

  Aquí no estáis, razón del llanto.
Sólo sé eso, y no ayuda a seguir.
Dónde quedaron aquellos besos,
dónde se esconden nuestros momentos.

  ¿Y vuestras risas? ¿Cómo sonaban?
¿Cómo sentían y cómo eran?
Paro el papel, paro la pluma,
lágrimas cruzan mi carretera.

  No os he olvidado, ¡ni lo haré nunca!
Ni lo harán vuestros queridos;
Pero año a año huye el perfume
que transmitían vuestros abrazos.

  No busco el morbo, ni el populismo,
ni querer ser quien nunca he sido.
Es que os añoro, os echo en falta,
y no volvéis, y ya hace mucho.

  No me habéis visto en escenarios,
trabajando por llegar a aquí.
Hace ya mucho, y he crecido,
y no lo véis. Y no me véis.

  No os he olvidado, ¡Ni lo haré nunca!
Por qué, por qué no estáis.
Que nadie intente, tras no teneros,
que entienda a Dios, y a su gracia.

  No puedo reprocharos nada.
Siempre luchásteis, ¡Siempre!
No puedo deciros nada.
No puedo. No estáis.

  No sé si lo he hecho bien.
No sé si estáis orgullosos.
Sólo sé que no tengo miedo.
Era a perderos... y aquí estoy.

  Esto es lo mínimo que puedo daros,
esto y las gracias por todo.
Cuerpo y alma en verso lloran
lo mucho que os necesito y quiero.



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Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.



29 may. 2013

Adiós

 

  No pretendo intervenir o influir en la opinión


de aquellos, que poco a poco van a leer estos versos.


Sólo pretendo aconsejar, en cuanto a leer,


hacerlo lento, para disfrutar como yo he hecho.





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  Me marcho, como se marcha el vaho de tu boca cuando pintas en ventanas con tu dedo un corazón.

  Como marchan ante el frío aquellos patosos patos que graznando se pierden mientras te dicen adiós.

  Como cuando en frío y en silencio en los trenes de mis lágrimas mi vida se disipaba por no vernos 
juntos.

  Como cuando rota resistías lanzando al aire corazones por no estar perdida en mi.



Me marcho, aunque me costase mucho encontrarte y poder quererte.

No vuelvo, ni miro al braile con soberbia como tú me hacías a mi.

No hay tiempo, para recomponer ideas y pensar cómo engañarme.

Piensa, y sorpréndete. Yo estaba allí para intentar cuidarte.



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Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.





19 may. 2013

Sin respuesta


  De qué me sirve mi valor, 

cuando acabo hundido y sin salida. 

Por qué viví feliz en sueños, 

por qué no hay dudas en tu 'No'.


  Cuán amarga es tu mirada, 

para que hoy ladre, sonría y llore. 

No son mis lágrimas soluciones, 

ni tus excusas verdades.


  No intentes con metáforas

suavizar tu vil disparo. 

No te preocupes y aprieta, 

yo mientras escribo mis balas.


  No me preocupa mi soledad, 

sí lo hace no poder quererte. 

Un vivo que al amor teme, 

un muerto encadenado a él.



  Busqué sin aire arrepentimiento, 

recibí raciones de razones crueles.

Creí ser libre siendo libre,

hoy muero por no ser quien quieres.



  Por qué no gritas, por qué te evades, 

por qué no vienes y me tuteas. 

Por qué es monólogo mi llanto a ti, 

por qué yo en ti encuentro mi aire.






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Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.




30 dic. 2012

Carta sin destino III


  Regálame una lágrima,
para poder ahogarme en ella.
Para poder ahogar mis penas
y fluir como hace el agua.


  Palabras salen de mi alma
más sinceras que aquella ley
que prometía ser siempre fiel
a un poeta, y a su amada.


  Mi vida pierde su razón
cuando tú bajas tu mirada.
Ahí el adiós saca su espada
y yo me hundo y toco fondo.


  Hoy te he visto iluminada
por lo más bello, detrás de ti.
No siento celos, envidia sí…
amor, como yo, la luna te ama.


  Insensato. Cambio amor por versos,
aunque mis versos sean todo amor.
Ámame con desparpajo
que por el resto lucharé yo.


  Lloro por tenerte cerca,
lloro por tener lejos.
Qué mejor declaración que un texto
donde tu amor es la meta.


  Mi vida, si es por ti
yo rompo el tiempo, tapo el Sol,
vendo mi aire y muero en mí…


  Pero sólo una cosa espero
recibir ante mi ofrenda.
Dame tu amor, que si no, muero.



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  Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.




17 dic. 2012

Carta sin destino II



  Crujía el parqué bajo sus pasos.
 Bajo aquellos calcetines de lana que se escurrían por su talón. 
El frío de aquel invierno, el viento de aquellos árboles, mi mirada
observaba sus pasos.

 ¿Locura o cordura de amor?


  Hojas de abedules contra tierra. Tiernas lágrimas llovían.

 Ruido. Sólo nosotros en ese salón. 
Sonreía y me miraba. 
Mi mirada yacía extasiada entre sus finas piernas.


  Caminaba gracil, y a cada paso crujía el suelo. 

Algo pasaba. A menor crujir, menor yo era;
al haber más calma, partido quedaba; 
al cerrar la puerta… morir o vivir, 
no importaría.


           ...



  Esperaba ver cómo se abría la puerta de esa casa, 

vacía de sus crujidos. 
Yo seguía allí mientras mi cuerpo era azotado
por un veneno arrojado en silenciosas lanzas.


  Lloraba mi cuerpo, y no por calor o nervios. 

Sólo lloraba.
 Mientras tanto, el tiempo decidía cambiar su estilo.
Tornarse alegre. 
Yo yacía en mi tresillo, disfrutando de mi entierro interno.


  Vislumbraba entre ajimeces de pino 

el dorado destello del péndulo de nuestro reloj. 
Gritaba, golpe a golpe: 
“Joven, sólo quedas”, y ese joven era yo.


  Torno extraño sin querer, torno extraño sin mi querer, 

extraños tornan pues mis versos. 
¿Mi distracción aquellos días?
 La llamada del viejo viento a mi ventana.


  Épocas pasaban, yo me hundía en aquel tresillo 

carcomido por los lados, asientos, patas y muelles. 
Nada se había movido. 
Realmente no había nada.


  No recuerdo ni recordaba el tiempo que estuve allí 

volviendo loca a mi mentira 
mientras engañaba a la verdad 
viendo caer el polvo tenuemente.


  Olvidaba el tiempo, pero sólo eso. 

No olvido la imagen de tu marcha sin despedida.
Ni olvido la sensación de muerte lenta. 
No olvido ese golpe horroroso que arruina vidas, 
seguido del desgarrador llanto de un imberbe crío.






    NEGRO






  Se fue la luz.


  Apenas cuatro segundos.


  Suficiente.


  Fue suficiente.


  Había perdido mi vida, me sobraba el tiempo:

 Soy poeta, he estado loco, cuerdo vivo en el presente. 
Olvido pasado hostil y vivo estable en cuerpo y mente.





    LUZ





  Me levanté con mil problemas del tresillo roto y viejo por mi. 

Ese donde quizás pasé dos años sin gritar por miedo a oírme. 
Me despedí y me encaminé sin miedo hacia aquella puerta. 
Tu puerta.


  Pasé el pasillo en mi silencio, en el silencio de la nada.

Apenas dos metros para marchar, 
para ser persona de nuevo 
y disfrutar de lleno cada...


  Adiós poeta cuerdo.




  Desde el tresillo hasta la puerta… 

no había crujido el suelo.




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  Frío silencio. Angustia. Miedo. Gritos inaudibles. Rechazo.

No hay tiempo. No hay cuerpo. Quizás desde tu partir vivo muerto.  
Sólo soy sucio aire que no ha podido vivir sin ti.
Lágrimas con eco, que dejaron de sentir al irte.


  Y aquí estoy, tirado en el silencioso parqué gritando. Superviviendo. Loco, ¡CON MI TURBIA MIRADA LOCA!



  Riendo. ¡RIENDO! ¡RIENDO Y ARRANCANDO LO ÚLTIMO QUE ME QUEDA!



  ESCRIBO NERVIOSO, DESTROZADO. DESTROZANDO ESO QUE A TI TE GUSTA. ESO QUE ME PEDISTE:


           

                 
                                “ESA POESÍA EXTRAÑA”





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Muchas gracias por vuestro tiempo. Tened cabeza.